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Fiebre por las dietas

Mar, 14/01/2020 - 14:25
Javier Salvador, teleprensa.com

Flipo en colores. Creo que estamos a muy poco de sobrepasar todos los límites razonables en el asunto de las dietas para dejar peso, tener un cuerpo cojonudo con la excusa de sentirnos bien, saludablemente, cuando lo que realmente buscamos es que nos digan lo guapos que estamos, lo delgados que nos hemos quedado y darnos así unos subidones de ego que no somos capaces de obtener con los logros en otras facetas de nuestra vida. Qué otras facetas, pues principalmente las profesionales y familiares.

Suena duro, pero en vez de preocuparnos tanto por nuestro aspecto ante el espejo, que lo hacemos todos y yo el primero, nos tiene que empezar a preocupar más aquello que no podemos ver sobre una superficie de cristal, como la percepción que se tiene de nuestro trabajo, y sobre todo, de nosotros mismos en el entorno más cercano e importante que tenemos en nuestras vidas, que es el familiar. Respecto al asunto familiar, cada cual debe empezar por tener claro qué entorno es el que realmente quieres contentar, porque no vale ser el tío mas majo en la reuniones familiares y luego ser un verdadero cabrón en tu propia casa. Y es ahí donde necesitamos las dietas reales.

Pero vamos a las de perder peso.

Lo primero de todo y lo cuento por experiencia propia, es que hay que ir al dietista, a un médico o a un entrenador que realmente tenga ganada su reputación. Y al mismo nivel un consejo muy práctico, si la persona que te va a decir cómo adelgazar no tiene el cuerpo que a ti te gustaría tener, directamente sal por patas. No pierdas ni un minuto más, porque nadie tiene soluciones que no sea capaz de aplicarse a él mismo.

Soy de esos que un buen día se plantó ante si mismo y dijo aquello de que ese no era mi cuerpo, y me puse las pilas. Mi objetivo era perder treinta kilos, sólo conseguí perder veinte pero dos años después consigo mantener el tipo.

Antes de ello probé otras dietas, desde la Dukan, con la que dejé 10 kilos que luego recuperé, la de Pronokal, con la que perdí 12 kilos que luego se me vinieron encima a la velocidad de la luz y la de un dietista con la que dejé unos cinco kilos que luego también me volví a comer.

Todas son estupendas, seguro, y estoy convencido de que a otros les han venido de cine porque esa es la rareza de las dietas, que a cada persona le van de una manera distinta.

Mi solución, que no voy a promocionar aquí pero que comentaré en privado a todo el que lo quiera saber, fue la de un pseudoasesor de dietas que acompañaba su nuevo plan de hábitos alimenticios con un riguroso entrenamiento. Comía siete veces al día, bebía agua como si no hubiese un mañana y el ritmo de pérdida fue de un kilo a la semana. Empecé un mes de agosto y lo dejé por pereza el mes de diciembre siguiente, después de dos renovaciones de armario y tras, maldita sea, tirar al contenedor de Cáritas kilos y kilos de ropa de cuando tenía un peso más o menos manejable.

Dicho esto. Me parece terrorífico que se hable con tanta alegría de dietas en programas de televisión, revistas y artículos patrocinados que encuentras por internet. Las referencias a estudios de la universidad de a tomar viento, los resultados de la súper famosa de turno o los supuestos comentarios del premio Nobel. Cuidado.

Podemos hablar de las dietas en polvo, de las que aseguran resultados con ayunos intermitentes y aquellas que nunca nos ha gustado, como cerrar la boca y poner menos comida en el plato. De hecho, la vez que más peso perdí por encima de todas las dietas, recién incorporado al mercado laboral, fue cuando tenía que poner en el plato aquello que podía permitirme con mi exiguo sueldo. Es decir, ayunos muy prolongados hasta que de camino a mi piso atracaba el frigorífico de mi madre.

Lo que no podemos hacer, bajo ningún concepto, es convertir nuestra imagen externa en el pilar de nuestra existencia, cuando no dedicamos nada a nuestro ser interno.

Porque si en esta corta vida que tenemos, en la sociedad que nos ha tocado vivir, cada uno empezamos a preocuparnos solamente de lo superficial, sin prestar atención a lo intelectual, al final terminaremos dando la mayoría absoluta a Vox en el Congreso de los Diputados.

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